Libreto de la Representación

Texto íntegro de la obra tradicional

Este es el libreto íntegro de la Representación de Moros y Cristianos de Molvízar, una obra teatral en verso de autor anónimo fijada por José Aguilera Triguero alrededor de 1980. Se compone de dos partes y un epílogo, el Triunfo del Ave María, y se representa cada año los días 25 y 26 de julio en la Plaza de la Constitución.

Primera Parte


I Escena

Al comenzar se encuentra solo, en el castillo, el centinela-alcaide del mismo; entran montados a caballo, el rey, general, general del Ave María con el estandarte, bandera grande, y embaja-dor, cristianos.

Centinela

¡Alto! ¿Quién vive?

General Cristiano

El rey, con sus generales,

que ha llegado de Castilla

a defender a santa Ana,

ese castillo y la villa.

Centinela

Sin perder momento voy,

las puertas a franquear,

para darle posesión

a ese monarca sin par.

Y juro a su majestad,

defender vuestra persona

dando mi vida gustoso,

para salvar la corona.

Corona que tantas glorias,

le habéis vos proporcionado,

en los más de mil combates

que, señor habéis ganado.

II Escena

El centinela baja y entrega las llaves al rey. Apeándose de los caballos suben al castillo.

Rey Cristiano

Supuesto de que Molvízar

desea rendir obsequio

dándole famosos cultos

y notable rendimiento,

a nuestra santa Patrona,

amparo que es de este pueblo,

para dar culto y principio

sirva de exordio, primero:

suplicar a nuestra Santa,

nos infunda un vivo aliento,

para adorarla y servirla,

con gusto, paz y sosiego.

Y en prueba de ser así,

y que en mi pecho lo siento,

sobre la tierra, de hinojos,

de esta manera comienzo:

(Arrodillado ante la Imagen)

¡ Salve, querida Patrona!,

¡ salve, místico Lucero!,

¡ salve, Madre de Pureza!,

¡ salve, Alegría de los cielos!

¡No permitáis Madre mía,

que en las fiestas que Os hacemos,

ocurra alguna desgracia,

que nos cause sentimiento!

¡Concédenos esta gracia,

por tu Hija y por tu Nieto,

a quien damos alabanzas,

siglos y siglos eternos!

General Cristiano

¡Oh, ejército español!

distinguidos caballeros

cerca el enemigo está

nuestro valor demostremos.

Que es de razón y justicia

que a nuestra patria salvemos

y en ensangrentada lucha,

del enemigo triunfemos.

Que en la empresa nos ayuda

María y el Dios Verdadero

y nuestra santa Patrona,

amparo que es de este pueblo.

Llega a caballo, con el guión, bandera pequeña, el:

Ayudante Cristiano

Antes que apuntara el alba,

según noticias que tengo,

los moros en el río estaban,

muy alegres y contentos,

porque creen conquistar

villas, ciudades y reinos.

Bien sabe su majestad,

que son bravos y soberbios,

y los rumores de ayer,

hoy debemos ya creerlos,

de que vienen a Molvízar,

un sinnúmero de moros,

bien vestidos y con pertrechos,

para entablarnos la guerra,

si gustosos no cedemos,

el castillo y santa Ana,

con lo que le coja dentro.

¡Moros de la lanza en puño!,

¡moros de la adarga blanca!,

¡moros de marlota verde,

con aljubas de escarlata!

¡Cuánta pluma y gentileza!,

¡cuánto capellar de grana!,

¡cuánto bayo borceguí!,

¡cuánta preciosa lanzada!

Vienen de espuelas de oro

con estriberas de plata,

toda es gente valerosa

y aguerrida en la batalla.

Entre todos sobresale

el rey Chico de Granada,

sobre un corcel africano

de la más selecta raza.

Todos bien juramentados,

han repasado la Rambla,

el barranco del Capón,

las cañadas de la Tahiba.

Subieron al Cerrajón,

a examinar la distancia

y, todos, en el Peñón,

están preparando las armas,

para entrar en pelotón,

en el centro de esta plaza

y, después que nos degüellen,

se llevarán a santa Ana.

Por lo tanto nos conviene,

pues la noticia no es falsa,

que estemos prevenidos,

y se redoblen las guardias.

Rey Cristiano

Por tu clara inteligencia,

según la tienes probada,

sé que tu gran advertencia,

es por todos aceptada.

Así pues, sube al castillo,

se darán disposiciones,

redoblándose las guardias,

para evitar que los moros,

puedan entrar en la plaza.

Sube al castillo y, a continuación, entra a caballo, el:

Espía Cristiano

¡Valeroso rey Fernando!

De las más altas montañas

y por espesos breñales,

he bajado esta mañana,

recorriendo bien Jubrite,

los Palmares y la Rambla,

para investigar señales,

del moro y de su llegada.

El rey Zogoybi se encuentra,

preparándose en la playa,

con veinte mil tunecinos,

provistos de buenas armas.

Gomeles y Sarracenos,

que han salido de Almancata,

también se están previniendo

con cincuenta mil Audallas.

En Jubrite, los Gomeles,

y en la Dehesa, los Mazas,

previenen los falconetes,

las gumías y espingardas.

En el Llano de Bilbao,

Monte Felipe y sus faldas,

Langetes y Abenhamines,

están bufando de rabia.

Otros en Jete, Otívar,

Lentejí, Ítrabo y Guájar,

con los cristianos que encuentran

hacen horribles matanzas.

Y como en distintos puntos

el moro nos amenaza,

si nos consideran flojos

y el bélico ardor se apaga,

furiosos como leones,

entrarán en esta plaza,

pegando fuego a Molvízar

y asolando nuestras casas

y, después que nos degüellen,

se llevarán a santa Ana.

Por lo tanto, rey Fernando,

ordenad pronto la marcha,

iremos a la Ventilla,

donde el rey Chico se halla,

y llevando el exterminio,

en nuestro brazo y espada,

arroyos de sangre bajen

a Salobreña y su playa.

Rey Cristiano

Creo que estas engañado

Reinaldo, el argelino,

a la fuga se previno,

cuando quedó derrotado.

Espía Cristiano

Levante, pues la cabeza,

y mire aquella atalaya,

que nos previne en la playa,

de los moros, la braveza.

Rey Cristiano

Si el corazón no me engaña

es la Armada de Inglaterra,

que viene en paz y no en guerra,

recorriendo toda España.

Espía Cristiano

Podrá ser, más quiero ver,

si del cerro están bajando.

Rey Cristiano

Y yo aquí me quedaré,

tus noticias esperando.

El espía sale y poco después entra, a caballo, el:

Vigía Cristiano

Señor, con su real licencia

salí al campo lisonjero,

a comprobar si los moros

se aproximaban al pueblo.

Tomé el camino de Ítrabo

con mi escolta de lanceros

y al llegar a la Ventilla

tal algazara y estruendo

de añafiles y dulzainas

y otros miles de instrumentos

oía, pues me creía,

trataba de hundirse el suelo.

Al ver de turbas salvajes

todos los campos cubiertos,

ordené volver atrás

para anunciaros el riesgo

que corren vuestros dominios

en estos mismos momentos.

Mas de pronto y no sé como,

tantos moros nos salieron

que dieron fin a mi escolta

y yo, haciendo un gran esfuerzo,

metí espuelas al caballo

y salté un desfiladero.

Un milagro de santa Ana

ha sido el librarme de ellos,

más, con todo en una herida

sangre me vengo advirtiendo.

Ordenad señor la marcha

y a las afueras marchemos,

no da tiempo el enemigo

y quiero correr ligero.

General Cristiano

Tomaré disposiciones,

con los demás generales,

para rendir a Boabdil

y a sus adictos parciales.

Vigía Cristiano

Pues conviene que sea pronto

porque infiero que han bajado,

el camino de Almuñécar,

penetrando en el Cercado.

He aquí su pensamiento:

profanar lo más sagrado,

que es llevarse a santa Ana

y dejarnos sepultados.

El vigía sube al castillo.

Rey Cristiano

Como general y jefe,

entendido y esforzado,

conviene que a la Ventilla,

dirijas nuestros soldados.

Y si llegara a venir

ese rey tan ponderado,

después de haberlo vencido,

me lo traes aprisionado.

General Cristiano

Toda vez que nuestro rey,

sus deseos ha demostrado,

de vencer al rey Boabdil,

y al general Albayaldos,

y para emprender la guerra

a todos nos ha llamado,

dictaré disposiciones

y consejos acertados,

emitiendo mi dictamen

como leal y esforzado,

como siempre debe hacerlo

quien se precia de cristiano.

(Dirigiéndose al rey)

La guerra es indispensable,

en el granadino estado

si vos, señor, no queréis,

perder lo que habéis ganado.

Bien se explica en este parte

(entrega un papel al rey)

que para vos ha enviado

aquel jefe valeroso

del castillo Gibralfaro.

En él dice, que los moros

frente a Málaga han pasado

y en la playa de Almuñécar,

habrán ya desembarcado.

Y trepando por la Dehesa,

y el camino atravesando

en el monte de Felipe,

está Boabdil emboscado.

Piensan venir hasta aquí,

sin atrás volver un paso,

para llevarse a la Abuela

del que fue Crucificado.

III Escena

Se acerca al castillo, a caballo, el embajador moro (con alfanje), acompañado del ayudante moro, con el guiónbandera pequeña-, y el alcaide.

Centinela

¡Alto! ¿Quién vive?

Embajador Moro

Un moro que desea en el momento,

porque tanto esperar, ya le impacienta,

decir a vuestro rey una embajada,

si dentro del castillo es que se encuentra.

Centinela

A la entrada de esta plaza,

un moro atrevido llega

anunciando una embajada,

el paso libre os ruega.

Rey Cristiano

Que pase sin dilación,

hasta la primera grada,

donde me podrá decir,

de sus jefes, la embajada.

Embajador Moro

(Acercándose al castillo)

¡Que Alá te guarde, valeroso rey

de Molvízar, Castilla y Aragón,

defensor de Jesús y de su Ley,

de esclarecido linaje y corazón!

A ti, que con falaz atrevimiento,

al borde de un abismo nos pusiste,

privando a nuestro ser el dulce aliento

que el pecho del cautivo no resiste.

El cielo coronó tu pensamiento

de poner en Granada la bandera,

quitando a mi rey el noble intento,

de ensanchar sus dominios por doquiera.

Mas ello fue debido a los engaños

de pomposas promesas lisonjeras,

que a todos nos produjo daños,

trabajos y desgracias lastimeras.

Al África pasamos afligidos,

nuestros ojos en lágrimas deshechos,

sin acción para obrar nuestros sentidos,

lacerados y marchitos nuestros pechos.

El insondable mar que atravesamos,

brillando el sol en el rosado Oriente,

en su lecho, de nácar, sepultamos,

la parte más lucida de la gente.

¡El dolor!, ¡el placer!, allá en distintos,

recordando tan felices ilusiones,

el impulso de enérgicos instintos

excitaron indómitas pasiones.

El moro, cuya esposa recordaba,

con vehemente expresión la Andalucía,

un acerbo dolor se le notaba,

del fuego que en su noble pecho ardía.

Los leones, tigres y panteras,

con rugidos terribles y espantosos,

el bramido fatal de ardientes fieras,

colmaron el furor de los esposos.

Así fue, que reunidos los señores

Zegríes, Aliatares y Gomeles,

sin temor del mar a sus furores,

subieron a sus naves y bajeles.

Un millón de guerreros embarcamos,

nuestras armas afiladas prevenimos,

cuantiosa vitualla preparamos,

y, con marcial orgullo, aquí venimos.

Llegamos a la playa de Motril,

tomamos alimentos sobre tierra,

y después de subir aquella sierra

de cristianos nos siguieron más de mil.

Al cortijo de Andérica nos fuimos,

saciando nuestra sed en rica fuente,

y después que con armas nos vestimos,

bajamos denodados la pendiente.

Desde el Puente, Boabdil, mi amado rey

del gran Profeta, sólo omnipotente,

para que formes parte de su grey,

te llama por mis labios balbucientes.

Atiende como debes mi embajada,

pues te lo hago saber, como un hecho,

que al poderoso reino de Granada,

el Zogoybi mantiene su derecho.

Es así, pues con sobrada razón,

invicto y valeroso rey Fernando,

yo te arguyo,

que por traidora y alevosa acción,

estás poseyendo lo que no es tuyo.

También llegó hasta mí, ¡qué idolatría!,

que esta villa que se precia de cristiana,

adora de rodillas noche y día,

a su santa Patrona y Soberana.

Y para conjurar el grave daño

en que, obrando así, todos caéis,

aunque os parezca nuestro juicio extraño,

entregarme a santa Ana bien podéis.

Hacedlo pues así, si es que queréis,

que la paz no se altere con los míos,

y volver hacia Túnez nos veréis,

a bordo de mis lanchas y navíos.

Mas si me niegas tan justas peticiones,

formaré mis bizarros escuadrones

y haré entre los cristianos tal estrago,

que esta plaza, de sangre, será un lago.

Rey Cristiano

El fementido labio, moro sella,

que lo más elevado y lo más santo,

con blasfemias audaces atropella.

He de poner freno con espanto,

a quien siga después tu torpe huella

y mi venganza ha de llegar a tanto,

que diga el mundo todo: ¡está escrito!,

¡el castigo igualó con el delito!

¡No más profanación!, ¡calla villano!

¡una mordaza pondré en tu boca,

que al Dios omnipotente del cristiano,

tan sólo obediencia y respeto toca!

Él es del cielo y la tierra Soberano,

y ¡ay de aquel que su justo enojo le provoca!

y cansado de oírte tanta mengua,

yo mismo arrancaré tu infame lengua.

¡Te juro a ti, y a tu maldita raza,

que eres un monstruo henchido de veneno,

con que al mundo al infierno le amenaza!

Por mi Dios y su Ley combatiré,

desprecio tus amenazas,

que mi santa Patrona, en todo apuro,

tendrá en mi pecho inexpugnable muro.

Embajador Moro

¡Deja razones livianas

que Alá no supo mandar,

y en el campo a pelear

en vez de disputas vanas!

Rey Cristiano

¡Avanza tus escuadrones,

y en el campo te haré ver,

el indómito poder

de mis valientes leones!

Embajador Moro

¡Ya que los consejos míos,

desprecias tan altanero,

este brazo y este acero

darán cuenta de mis bríos!

Puesto que nada humilla

tu orgullo y estás tan ciego,

hoy tomaré a sangre y fuego,

este castillo y la villa.

Yo siempre firme en mi empeño,

destrozaré tu falange

y a los filos de mi alfanje,

no quedará un molviceño.

Sale el embajador moro. MUSICA

Ayudante Cristiano

Como ayudante que soy,

esclarecido y valiente,

según consta en los blasones

de todos mis ascendientes,

ofrezco mi espada y brazo,

contra la morisca gente

de Albayaldos, Aliatares,

Sarracenos y Gomeles.

Ese ejército español,

cual yo, también impaciente,

demostrar sus grandes bríos,

en medio del campo quiere.

Con sus bravos generales,

los alfanjes y machetes,

coserán al enemigo

contra las fuertes paredes.

Caballeros hijosdalgos,

tan bravos como el maestre,

ante el católico trono

del mismo modo se ofrecen.

Así pues, aunque Boabdil

con su ejercito se esfuerce

y quiera tomar la villa

por la Vega o por el Puente,

saldrán señores, a salvo,

con los cristianos al frente,

castigando su arrogancia,

con dura y segura muerte.

(Arrodillado ante el rey)

Yo señor, aunque de todos,

me confieso el más endeble,

he de hacer que en el combate

mi diestro brazo no tiemble,

por lo tanto le suplico,

que el permiso no me niegue,

para buscar a Boabdil

y, rendido, aquí traerle.

Rey Cristiano

Levanta, fiel servidor,

(le da la mano para que se levante)

y lo que te digo advierte

que, no dudo tu valor,

ya que desafías la muerte.

Nunca he negado el permiso,

a soldado tan valiente

que, con ánimo esforzado,

el combate nunca pierde.

Por lo tanto te preparas,

para salir diligente,

llevando ochenta soldados,

para defender el Puente.

Embajador Cristiano

También a su majestad,

este servidor le advierte,

que de no darle el permiso

de grande celo se muere.

Desde que llevo las armas,

en defensa de mis reyes,

he vencido a mil contrarios,

vestidos con alquiceles.

Y como hoy nos amenazan,

con echarnos de este fuerte,

juro, si vos me mandáis,

antes que aquí se presenten,

llevar al campo enemigo,

el exterminio y la muerte.

Rey Cristiano

Tus especiales servicios,

siempre los tendré presentes;

no el de los rudos combates,

sí el de tu voz elocuente;

pues llegará la ocasión

de servirme y complacerte;

deja esa atrevida empresa

a quien la busca y pretende.

General Cristiano (AVE MARIA)

¡Invicto y valeroso rey Fernando!,

¡allá, en el rosado Oriente, aparece

el astro bello, que alumbrará,

con sus refulgentes rayos, el triunfo

que ha de darnos nuestro aliento!

Empuñaremos nuestras firmes armas,

de fino corte y templado acero,

y acometiendo al enemigo campo,

arrasémoslo todo a sangre y fuego.

Rey Cristiano

¡Salid! ¡Salid, mis bravos campeones!,

y a los rayos del sol dad el ejemplo,

de batir con mis fuertes escuadrones,

a quien quiere profanar el sacro templo.

Las torres que terror del mundo fueron

en Loja, Alhama y Santa Fe,

a nuestro regio brazo se rindieron,

quedando derruidas hasta el pie.

¡Qué no lave Boabdil aquella afrenta,

que zumba en el espacio y me da pena,

que otra vez la ocasión se nos presenta

de derramar su sangre sobre arena!

¡Qué caiga sobre todos el grave peso

del cristiano! ¡Valor con pecho fuerte,

y Boabdil con los suyos venga preso,

para darle, yo mismo, aquí la muerte!

Bajan del castillo el general, ayudante -que lleva el guión- y vigía; montan a caballo y escuchan la arenga del:

General Cristiano

Vosotros héroes valientes

de quien la fama pregona

desde el uno al otro polo,

las hazañas valerosas

que en brío y naturaleza

ilustran vuestras personas

seguidme en marcha guerrera,

contra el pérfido Mahoma,

pues no dudo que será

de nosotros la victoria.

(Dirigiéndose al cuadro de santa Ana)

¡Adiós, hermosa santa Ana!,

¡perdonad, Mística Rosa,

pidennos decretos reales,

vigilancia rigurosa!

¡Vuestra clemencia me valga,

que os invoco, por Patrona,

mas si acaso fenecemos,

os suplicamos, Señora,

que intercedas a tu Nieto,

que nos dé su Santa Gloria!

Ayudante Cristiano

(Dirigiéndose al guión-bandera pequeña-)

¡Salve, bandera del cristiano, salve!

Y en alto siempre desafía el viento,

tal como en triunfo por la tierra toda

te llevaron indómitos guerreros.

Tú eres España, en las desdichas grande,

y en ti palpita con latido eterno

el aliento inmortal de los soldados

que a tu sombra, adorándote murieron.

Cubres el templo en que mi madre reza,

las chozas de los míseros labriegos,

las cunas donde duermen mis hermanos,

la tierra en que descansan mis abuelos.

Por eso eres sagrada y en torno tuyo,

a través del espacio y de los tiempos,

el eco de las glorias españolas

vibra y retumba con marcial estruendo.

¡Salve, bandera del cristiano, salve!

Y en alto siempre desafía el viento,

manchada con el polvo de las tumbas,

teñida con la sangre de los muertos.

¡Dios te guarda, sí; no tienes miedo!

Al campo vamos, con faz serena,

a pelear con turbas de agarenos,

para que dejen expeditas nuestras tierras

y se vayan a la Arabia o al infierno.

Se van los cristianos y pasado algún tiempo regresa el:

Espía Cristiano

Un ejército brillante,

de jinetes africanos,

con aljubas verde y oro

y con alquiceles blancos,

sobre blancas yeguas, unos,

y otros sobre negros jacos,

en cerrados escuadrones

vienen cubriendo los campos

y todo, sin compasión,

a sangre y fuego llevando,

no respetan a doncellas

ni a los débiles ancianos.

Con brutales algaradas,

que atruenan montes y llanos,

cayeron sobre las nuestras,

dejando el campo sembrado,

en poco más de una hora,

de cadáveres cristianos;

y, al irse ya, nuestras tropas,

poco a poco retirando,

me manda mi general,

viéndose tan acosado,

proponga a su majestad,

si les deja libre el campo.

Rey Cristiano

Que se vuelvan al castillo,

comprendo que es lo más sano

y, desde aquí, venceremos,

al soberbio africano.

IV Escena

Sale el espía, (MUSICA) y al poco tiempo vuelve con el general, ayudante con el guión y vigía cristiano; una vez en el castillo y pasados unos momentos se acercan al castillo las tropas moras; infantería: general del Ave María, Selim y alcaidecon el guión-, la caballería delante con el rey, ayudantecon la bandera grande-, embajador y general moro; este último comienza a hablar:

General Moro

¿Quién custodia ese castillo?

¿Quién su valor acredita?

Mi cólera precipita

de su guardia la atención.

¿Quién quiere ser más pequeño

o quiere más bien morir

que dejar de perseguir

los soldados argelinos?

¡Más cuenta os trae el huir,

ignorantes sediciosos

y no ser tan ambiciosos

formando un proyecto vil!

Y tomando otro partido

y dejando este castillo,

aparatos y pertrechos,

si no contra mi despecho

de espanto, todo caerá.

Juro Alá que han de temblar

hasta los centros del mar

y los astros luminosos,

fuertes, murallas y fosos,

mis huestes destruirán.

Según vuestras ilusiones

¿sois hechiceros o magos?;

vosotros sois por desgracia

locos, falsos, codiciosos,

muy atrevidos y necios,

y os veréis hechos desprecio

de los turcos sarracenos.

(Volviéndose hacia donde

esta el rey moro y su gente)

Pero en vos no cabe pena

porque estando en mi compaña,

quedaréis en la España

admitido como rey.

(Dirigiéndose al rey cristiano)

Si tu religión y ley

le aceptan de buena gana,

aquí la paz, a ti rey

se te antepondrá sin tregua.

(Nuevamente a su rey)

Más si os llegarán a negar

las llaves de esta plaza,

os juro por mi coraza

que yo me sabré vengar.

(De nuevo al rey cristiano)

También me quiero llevar

la Santa que veneráis,

a esa vuestra Patrona

que santa Ana la llamáis.

Y en la iglesia lugar

donde el nazareno

con su torpe fanatismo

las oraciones le eleva,

es vuestro ciego error

y vuestro infiel delirio

implorar a esa Virgen

que como Madre tenéis.

¡Ensalzad la Media Luna!

¡Dejad la Cruz ahora mismo,

y arrojadla con furor

al eterno abismo!

General Cristiano

Rey cristiano esto es

demasiado sufrimiento.

(Al general moro)

A contestarte yo voy

con permiso de mi dueño:

¡Salte pronto de este real

antes que haya un escarmiento!

Y dile a ese usurpador,

a ese sultán embustero

que basta que mi señor

sea cristiano verdadero,

para que con la ayuda de Dios

y la Santa de este pueblo

quede exterminada la raza

introducida en el reino.

Y si aprovecháis la ocasión

de las fiestas que hoy tenemos,

no creas que desprevenidos

nos acuchillaréis al momento.

¡Que venga, que venga!,

y no se detenga:

que al encontrar con mi acero,

en una campal batalla

por la Ley de Cristo muero.

También diréis que las llaves

no os las entregaremos, cierto;

pues soy azote de Turquía,

de africanos y de hebreos.

General Moro

Te agradezco general

tu gran consideración;

pero no aplaques mi ira

mi gloria infunde pavor

a quien expone la villa

por no mancillar su honor.

¡Salid cristianos afuera!

jamás hallaréis temor

en este invencible moro

que aprovecha la ocasión.

Juro Alá que ha de ser hoy

deshecho ese pabellón,

desbaratado ese fuerte

y convertido en carbón,

también ese santuario

en donde hacéis oración.

Llamad en vuestro socorro

a ese Jesús, Hombre o Dios,

que se acercan mis banderas,

que viene mi gran señor

esparciendo por doquiera

el espanto y el terror.

Entra el rey moro y su gente, y comienza a hablar el:

Rey Moro

Rey cristiano: ya que en el campo

no has conseguido tu intento,

mal podrás triunfar ahora

después de un fatal encuentro.

De mi palacio salí

ya decidido y resuelto,

a castigar los ultrajes

que a la gran Turquía hicieron

tanto Isabel y Fernando,

como Fernando III,

expulsando a mis parientes

de estos, sus propios terrenos.

El hecho tal enojo causa

a mis aguerridos tercios,

que a más de trescientos años

guardan su amargo recuerdo.

Atravesando los mares

y los áridos desiertos,

vengo a dominar la España,

haciéndote ver cristiano

por tu proceder soberbio,

recibas duro castigo

porque acreedor a él te has hecho,

de depender de Turquía

llevándote prisionero,

si no me rindes tus armas,

bandera, corona y cetro.

Medita bien y contesta

que se acercan mis guerreros,

y a la primera señal

verás derribar con fuego,

los muros de ese castillo

sin dejar el menor resto.

Rey Cristiano

¡Descendientes del Cid y el gran Pelayo!,

¡en la plaza nos reta el agareno!,

¡que formen nuestros bravos escuadrones

y batan los tambores a degüello!

E inflamando el ánimo de todos

con bélico furor, todos roguemos,

implorando de Dios y nuestra Santa,

nos presten grande fe y más aliento.

Lavad de Boabdil aquella afrenta,

a pesar de Mahoma y del Averno.

¡Allá voy, atrevido rey Boabdil!,

¡con mis tropas batir quiero tu esfuerzo,

que mi brazo y mi espada ya desean,

arrojaros a Túnez o al infierno!

Rey Moro

¿Sigues con las amenazas

después que el campo cubierto,

de cadáveres cristianos

quedó por tu poco esfuerzo,

y tus cobardes soldados

a la fuga se acogieron?

Si a mi voluntad te opones

temblará hasta el universo,

los montes caerán por tierra,

el mar saldrá de su centro

y los refulgentes astros

han de rodar por el suelo.

¡Venid, venid, mis bravos campeones

(avanza el resto de los moros)

y que en volcanes de fuego

muera todo el cristianismo

y vivan los sarracenos;

acatando de Mahoma

aquellos sabios preceptos

de la Ley que nos impuso

que el mundo entero sea nuestro!

¡Desciende rey de la España!

mide conmigo tu acero

y consigue la victoria

mano a mano, cuerpo a cuerpo.

Rey Cristiano

Mucho en tu valor confías

sultán de tantos imperios.

¡A las armas españoles!,

¡guerra al enemigo! ¡Fuego!

V Escena

Salen del castillo y luchan con los moros. Los cristianos se retiran lentamente, quedando prisioneros santa Ana, el rey cristiano y las banderas. Los moros suben al castillo y colocan su bandera. Los cristianos, a caballo, (general, embajador y ayudante), el resto a pie (general Ave María, vigía, espía y centinela si va) desarmados y sin bandera, escuchan al:

General Cristiano

Soldados que contempláis,

con alma henchida de pena,

el cautiverio en que yace,

nuestra codiciada prenda,

no perdáis las esperanzas

de que a nuestras manos vuelva.

No me aflige la prisión,

donde nuestro rey se queda;

por santa Ana, sólo lloro,

amigos, con honda pena.

Valerosos capitanes

que fuisteis en cien refriegas,

rayos que fulminó Marte

en elevadas esferas:

volveros a vuestras casas

y descansad de esta guerra

que esos, que quedan gozando,

del castillo, Rambla y sierra,

los veremos no muy tarde,

cobardes soltar la presa,

dándoles un fiero ataque

para humillar su soberbia.

Rescataremos la Santa

y a Fernando, que aquí queda,

haremos que salga libre,

de la prisión sarracena,

pues sin duda venceremos

entre dardos y saetas

y haremos que, divididos,

se retiren y no vuelvan.

Se van los cristianos.

Rey Moro

Ya quedarás satisfecho,

del error con que procedes,

al no querer dar la Santa,

con la villa y con su fuerte.

Mas, por la gran terquedad,

y la falsa Ley que tienes,

cumpliendo con mi deber,

por ser de todos el jefe,

es necesario que tú,

prisionero aquí te quedes,

como se queda la Imagen

que tanto cariño tienes.

¡Pídele tú que te ayude,

ya que poder tanto tiene!,

¡que te libre de mis tropas,

que han sido tan diligentes!

Y si acaso tus soldados,

en tu busca venir quieren,

y de la oscura prisión,

liberarte ellos pretenden,

doblaré la vigilancia,

como el caso lo requiere,

no sea causa de descuido

que te vayas y me dejes.

Rey Cristiano

En esta prisión, entre los duros hierros

estaré moro, acataré sumiso

la justa voluntad del alto cielo,

y Aquél que me puso en tus crueles manos

valor me prestará en el cautiverio.

Pero antes quiero hacer la última súplica

a la Abuela del Hijo de Dios Eterno.

(Arrodillado ante santa Ana)

¡Gloria del cielo y de nosotros Madre!

¡Muy venerado y Celestial Lucero,

que esplendor de santidad extiendes,

por todo el anchuroso firmamento!

¡Tú!, que llena de amor y de alegría

una Virgen llevaste en tu seno,

hoy que me ves vencido y apenado,

¡santa Ana de mi vida!, ¡oye mis ruegos!

Tú que eres fuente de hermosura tanta,

de inefable bondad tesoro inmenso,

difunde un rayo de tu luz bendita,

de tu sagrada fe derrama fuego,

en el alma del moro que atrevido,

osó pisar nuestro apacible suelo.

¡Tú ves mi triste llanto Madre mía!

¡Tú ves Señora mi dolor acerbo!,

¡acuérdate de mi pesar en este día,

que sólo en tu piedad, remedio espero!

Segunda Parte


I Escena

El mismo castillo de la primera parte, ocupado por el rey, general, general del Ave María, embajador, Selim, alcaide y centinela.

General Moro

No quisiera yo encontrar

queridos soldados míos,

en esta presente tarde

quien se opusiera a mis bríos.

Cuando todos celebramos

la suerte que hemos tenido

de vencer, en la batalla,

al soberbio cristianillo.

Pero, por no haber victoria

que acabe como es debido,

tengo seguras noticias

de que vela el enemigo,

de llevarse a su Patrona,

con pretextos no fingidos.

Y para que éste no logre,

sus reprobados designios,

yo solicito del rey

nos saque de este conflicto,

pues no quiero que el cristiano

quede contento y lucido.

Alcaide

Acaso no hará dos horas,

que me apercibí de un ruido,

hacia el punto de la Dehesa,

do cruzan los dos caminos;

el que hacia Ítrabo sigue

y el que baja hacia el molino

del señor corregidor

que fue en los tiempos antiguos.

Para conocer la causa

del movimiento advertido,

mandé subir un soldado

a tan elevado sitio.

Ha reconocido el campo

y desde lejos ha visto,

en distintas direcciones,

varios grupos divididos

de cristianos, que sin duda,

pululan sin rumbo fijo.

Y aunque esto sólo no sea,

de ataque ningún indicio,

sin embargo, bueno es,

el que estemos prevenidos.

Rey Moro

Con admirable bonanza

en el navegable leño

llegamos pronto a la España,

sin el menor contratiempo.

Alá nos ha protegido,

dándonos el vencimiento,

en la famosa batalla,

que hundimos al nazareno.

Y como la posesión

del castillo, la tenemos,

no creo que torne el cristiano

a buscar nuevo escarmiento.

Selim

¡Ay señor! Yo soy contrario

a tan noble pensamiento,

porque infiero que el cristiano,

nos dejará sin pellejo.

Alcaide

Pues yo, lo mismo que el rey,

afirmo que nada temo

y que no vendrá el cristiano,

aunque le den siete reinos.

Selim

Y yo vuelvo a repetir,

que me quedo sin pellejo,

pues cuanto dice el cristiano,

tiene exacto cumplimento.

No hay que andarse con chiquitas,

que el negocio tiene pelos,

y pudiera suceder

que me cortaran el cuello.

Y como soy precavido

y vivir más tiempo quiero,

traigo aquí mi morralito

de magra bastante lleno.

Alcaide

¡Ya pecaste, miserable!

¡Pues, señor, estamos buenos!,

¿no sabes que en nuestra Ley

está vedado el torrezno?

Selim

Por opinión general

el antecedente niego,

porque el torrezno no es magra,

ni ésta, tampoco es torrezno.

Alcaide

¿Quién tal dice?

Selim

Yo lo digo:

pero vamos distinguiendo

sobre el artículo magra

que es tema de mi argumento.

En el cenaguero entra

pezuña, hocico y pellejo,

teniendo inmediata unión

la materia con el cieno.

La magra no tiene tal

porque la guarda el torrezno,

y tiene su situación

en lo mejor, que es el centro;

luego cesando la causa

se suspenden los efectos.

El precepto es irritante,

no me obliga al cumplimiento,

y si Mahoma lo impuso,

fue por ser un avariento.

Rey Moro

¡Qué ese diálogo concluya,

inmediatamente espero!

No hay quien te aguante, Selim,

cuando te llenas de miedo

estrujándote las tripas

a la boca sacas textos;

pero sobre todo, dime:

¿dónde está ese caballero?

Selim

¿Cuál?, ¿aquél que sentó plaza

en clase de prisionero?

¿Aquél tan alto y tan seco

que temí que se cayera

y se rompiera los huesos?,

es decir, ¿el rey Fernando?

Estando yo descuidado,

pronunció la voz de fuego,

puso pies en polvorosa

y por allí se fue huyendo.

Rey Moro

¿Es esta la confianza,

que yo con mi alcaide tengo,

que ha dejado que se fugue,

nuestro regio prisionero?

Alcaide

¡Señor, señor, compasión!

la culpa yo no la tengo,

que la ha tenido Selim,

por haberle dado miedo.

Yo no estaba en condiciones

de correr, para cogerlo,

por encontrarme en la cama,

desvanecido y enfermo.

I Escena · continuación

Rey Moro

¿Qué es esto que oigo?, ¡oh cielos!

¿Es ilusión?, ¡qué congoja!

mas no es así, que es realidad,

la fuga del prisionero.

El que rehaga sus tropas

y tome supremo aliento,

volviendo sobre nosotros,

sobre todo, es lo que siento.

Escúchame Selim, pronto

pasarás el campo nuestro,

y averigua si el cristiano

ha tenido movimiento.

Selim

¿No lo dije, no lo dije?

¡Ciertos son los toros, ciertos!

Hoy acabarán conmigo

porque vienen de refresco,

el cristiano con mil hombres

pelotazos repartiendo.

Baja Selim del castillo y sale. Poco después entra, a caballo, el:

Ayudante Moro (con el guión)

Al pie del castillo llego,

de tanto correr sudando,

con una marlota negra

señal de luto mostrando.

Allá en el campo enemigo,

de lo que he visto y tocado,

nuevas os traigo, señor,

de dolor en sumo grado.

Por la Palmilla y la Rioja

un ejército marchando,

toda bien lucida gente

las armas traen relumbrando.

Las banderas traen tendidas

y un estandarte dorado,

el rey de toda esa gente

es el invicto Fernando.

En el estandarte traen

un Cristo crucificado,

todos hacen juramento

morir por el Figurado.

Piensan venir hasta aquí

sin atrás volver un paso,

hasta ganar esta villa

y volverla a su mandato.

No lejos donde yo estaba,

Mohamed se había ocultado,

y el movimiento enemigo,

también lo estaba observando

pero, por su mala suerte,

lo ha descubierto un cristiano,

lo ha acometido furioso

y herido viene en un brazo.

Todo el campo de Almuñécar

quedó roto y saqueado,

porque el cristiano rabioso,

todo lo va devastando.

Multitud de Aldoradines,

que a Salobreña han bajado,

traen por tanta destrucción,

el corazón traspasado.

Alabeces y Gazules,

que en valor nadie ha igualado,

vinieron a nuestras tropas,

para batir al cristiano.

Y pues verídicos son,

los hechos manifestados,

con oportuno remedio

de todo podéis librarnos,

que si Fernando llegase

a cogernos descuidados,

con su decidido arrojo

seríamos sacrificados.

Rey Moro

Sube al castillo y no abultes,

los hechos que ya han pasado,

que el león nunca es tan fiero

como se le ve pintado.

Sube al castillo.

Valor, valor y fortuna;

es muy noble el entusiasmo

y el cielo está de mi parte,

en lance tan apurado.

General Moro (AVE MARIA)

¡Señor, señor!, no hay que estar,

en el cielo tan confiado,

y poner de nuestra parte

el esfuerzo necesario.

Ellos traen lucidas armas,

hermosísimos caballos,

ricas monturas, vestidos

en oro y seda labrados

y, además, en la batalla

que no ha mucho hemos dado

han probado ser valientes,

aguerridos y alentados.

Embajador Moro

En distintas ocasiones

más sangre se ha derramado,

por matar la confianza

de haber vencido o ganado.

Ellos están como fieras

y no debemos dudarlo,

pues quien pierde una batalla,

es un animal rabiando.

Así pues, mi general

en lo que os ha estado hablando,

os da un consejo, señor,

para mi muy acertado.

Rey Moro

Adoptaré las medidas

precisas a nuestro estado,

y quedaréis convencidos

de que sois desconfiados.

Más, con todo, esperaremos

que Selim haya llegado,

de vuelta de la misión,

que hace poco le he ordenado.

Y según lo que nos diga,

que en el campo haya observado,

con energía obraremos,

contra el tozudo cristiano.

Llega Selim, a caballo.

Selím

¡Ay señor, mi rey Boabdil!

¡Qué mal que nos encontramos,

sin contar con los Gomeles,

que pudieran ayudarnos!

En distintas direcciones;

por los cerros y collados,

en la Rambla y en el río,

en el Puente y el Cercado,

y en la misma Compañía,

se encuentran muchos cristianos.

Ya repican en Motril,

en Otívar dan rebato

y salen de Salobreña

cuatrocientos hijosdalgos.

De Jete y Lentejí

también salen otros tantos,

todos buenos caballeros,

y con armas preparados.

También vienen los Lisones,

Guzmanes, Mateos, Hurtados,

Ponces, Pachecos y Laras,

Palazones y Zambranos;

y si me detengo un poco

y, por cientos, voy sumando,

resultarán muchos miles

de jinetes agregados.

Todos vienen a Molvízar,

en batallones formados,

con la cristiana intención

de vernos desorejados.

Dicen más: que si perdieron

a santa Ana peleando,

del mismo modo, esta tarde,

aquí la vendrán buscando.

¡Qué lástima de castillo!

¡Ay que dolor de soldados!,

¡y qué pena que se lleven,

mi pellejo los cristianos!

Si no se acude al remedio

y esperamos confiados,

se verá como Bartolo,

este cuerpo desollado.

Sube Selim al castillo.

Rey Moro

Ya voy creyendo Selim,

son fundados tus recelos,

porque me van dando luz,

mil pueriles pensamientos.

A muchos viejos oí

y a mis parientes y deudos,

que en las empresas de España

conseguían por trofeos,

de militares fatigas

vergonzosos rendimientos.

Más con todo, en la empresa,

que aquí nosotros tenemos,

no cederemos un palmo

de la villa y su terreno,

y a santa Ana y el castillo,

con sangre defenderemos.

General Moro

¡Oh, pese a mi misma furia

y a mi infernal sufrimiento!,

sólo por adquirir fama

ese cristiano soberbio,

desea llevarse la Imagen

sin hacer un gran esfuerzo.

Me repugna por mi fama

sus maliciosos efectos,

y prometo abrirles brecha

con un diabólico intento.

Ayudante Moro

Estoy decidido y voy,

llegaré al campo cristiano

y ni el gigante Galofre,

de todos tan ponderado,

en valor ha de igualarme,

ni Roldán, ni Garcilaso,

y Fierabrás de Antioquía

se quedaría hecho un enano,

si se asomara y me viera

con mis armas peleando.

Embajador Moro

Eso sí, ¡viva Mahoma

y su santo Zancarrón!,

que siempre, en toda ocasión,

aquél que las da, las toma.

Marchemos contra el cristiano,

y si con su mala fe,

se empeña en darnos el pie,

nos tomaremos la mano.

No hay para conmigo empate,

cuando por mi cuenta obro,

yo me basto, yo me sobro,

para hacer un disparate.

Yo las píldoras las doro,

y lo digo sin jactancia,

les haré ver la distancia,

que va de un cristiano a un moro.

Alcaide

Como alcaide del castillo,

que amparo, guardo y defiendo,

con armas de fuego ardiendo,

atacaré al cristianillo;

y mi brazo poderoso,

que muestra ser incansable,

a los filos de mi alfanje,

no les dejará reposo.

Defenderé con mi pecho,

el manto, cetro y corona,

y hasta la misma persona,

a quien viene de derecho.

Y aunque la guerra civil,

el reino va consumiendo,

no me entrego ni encomiendo,

más que a nuestro rey Boabdil.

Selim

Yo celebro ese ardimiento,

id a embestir al cristiano,

que con cimitarra en mano

iré en vuestro seguimiento.

Más fuera lo más sencillo,

porque no quiero morir,

no meterme a discutir

y quedarme en el castillo.

II Escena

Se aproxima al castillo, a caballo, el embajador cristiano, acompañado del ayudante cristiano con el guión -la pequeña- y vigía.

Centinela

¡Alto! ¿Quién vive?

Embajador Cristiano

Un embajador cristiano

que, con pompa inusitada,

viene a decir una embajada

a Boabdil tu soberano.

Centinela

A la entrada de esta plaza

un cristiano osado llega,

anunciando una embajada,

el paso libre os ruega.

Rey Moro

Que pase sin dilación

hasta el pie de este castillo,

donde me podrá decir,

lo que desea su caudillo.

Embajador Cristiano

(Acercándose al castillo)

Ante el soberbio muro del castillo,

que el altivo Boabdil está ocupando,

me presento a decir, claro y sencillo,

la justa petición del rey Fernando.

Sí; justa petición. Porque la gloria,

que con falaz engaño conseguiste,

fue casualidad y no victoria,

que a tu vano poder atribuiste.

De Zahara, los fuertes sorprendidos,

principio fue, de fúlgidas carreras,

que el cristiano, con furia perseguido,

en busca de su honor, así emprendiera.

Bramó la tempestad, y las montañas,

impelidas como un brazo justiciero

doblegadas contra ti, con dura saña

supieron contener al moro fiero.

Levantó la cabeza el poderoso

león y aunque en tinieblas arrollado,

quedó poco después con mucho gozo

en mil combates vencedor del hado

Dígalo pues, la solitaria Alhama,

donde lavada nuestra mancha fuera,

perdiendo el musulmán toda la fama,

que en la toma de Zahara consiguiera.

Los cimientos de Málaga conmueve

el cañón continuando sus disparos,

Ahmed Zegrí, se pasma y no se mueve,

y se rinde el castillo Gibralfaro.

En Vélez, Loja, Baza y Almería

con otras buenas e importantes plazas,

cedieron al crujir la artillería,

los Gomeles, Sarracenos y Mazas.

Dueños los cristianos de esta villa,

y ansiosa de conquista nuestra espada,

los Rafones, Cascales y Tendillas,

pusieron su pendón sobre Granada;

donde nuestros jefes coronados,

hacen salvas y altas vocerías,

levantando a los cielos estrellados,

fulgurantes resplandores de alegría.

Cayó sin detención el cautiverio,

y libre el Guadalfeo, famoso río,

la gloria vuelve al cetro del imperio

y el pueblo, con la Santa, todo es mío.

Alegres este día lo celebramos,

los fieles a sus fiestas se congregan

y, estando en los festejos encontramos

que, al pie de este castillo, moros llegan;

en demanda de efímeros derechos,

que por fuerza quitaron a Rodrigo,

que rechazan de plano nuestros pechos,

sin tregua de esperanza ni de abrigo.

Tremola en el castillo tu bandera

y vences, eclipsando nuestra fama,

mas trepando por cerros y laderas,

el honor militar, aquí nos llama.

Sin temor a los ardores del verano,

ni al arroyo agitado y turbulento,

ni al áspero cortijo que es de Cano,

ni al ímpetu mortífero del viento;

llegamos, sin descanso, a la Ventilla,

cuando apenas las cuatro estaban dando

y, al quererme sentar en una silla,

me ordena esta embajada el rey Fernando.

En ella os pide mi amado rey,

la entrega del castillo y santa Ana,

y buscando a Mahoma en vuestra Ley,

al África os volváis por la mañana.

Toma mis consejos, y en tus navíos

cruzando pronto, con velera popa

y dejando tranquilos a los míos,

¡vuelve a Berbería!, ¡deja la Europa!

que, si altivo, no dejas estas tierras

y buscas de atacarnos al momento,

sin descanso, ni paz, ni en cruda guerra,

tendrás por sepultura, fin sangriento.

Rey Moro

A mi, que soy tan altivo,

tan intrépido y valiente,

¿por tu conducto, Fernando,

me ordena deje este fuerte?

¡Antes caerán las estrellas

y los astros refulgentes,

el sol quedaría sin luz

y al abismo iría a esconderse,

los ríos perderían su curso

y se secarían las fuentes,

y las más altas montañas

al nivel del suelo queden!

Es preciso que tu rey,

con ligereza lo piense,

o que haya perdido el juicio,

o que se encuentre demente.

Di que regrese a Castilla

y que tranquilo me deje,

si no quiere perecer

aquí, con toda su gente.

Embajador Cristiano

Sin que el sol, montes, ni estrellas,

ni los ríos, ni las fuentes,

ni cielos, mares, ni tierra,

ni cuanta existencia hubiere,

pierdan su curso ordinario,

como al presente lo tienen,

te quedarás sin santa Ana,

sin la villa y sin el fuerte.

Y si por mucha fortuna,

no te envuelven mis reveses,

no te valdrán los Audallas,

Almadanes ni Langetes.

Por lo tanto, mi consejo,

es el que más te conviene,

si no quieres que del moro,

corra la sangre a torrentes.

Se va el embajador cristiano. MUSICA

Rey Moro

Sin duda que en la Rioja,

los cristianos se quedaron,

y pasar más adelante,

no intentaron.

Más ¡Ay de mi! ¡Qué baja cobardía!,

¡qué vil temor, venciendo mi osadía

se apodera de mi pecho ardiente

y oprime el corazón cobardemente!

¿Cómo el valor de mi ánimo sublime

al flaco imperio de tristeza gime

si un solo amago de mi fuerte acero

sabrá rendir el ánimo más fiero?

En fiel custodia de santa Ana vengo

y es grande el temor que tengo,

porque si del enemigo hay aviso

recelo de perderla es más preciso.

¡Fuera, fuera cobardías y temores!,

¡salgan de mi pecho pálidos pavores!,

que es feo ultraje al decoro mío

rendir mi altivo ardor al temor frío.

Más ¡oh fatal anuncio!, ¡oh triste suerte,

que descubre el celaje de la muerte!

¡Qué lúgubre suceso anuncia el alma!,

¡tal es mi pesar!:

¡traición!, ¡traición!, me dicen,

por más que otros influjos lo desdicen.

Mas traición no cabe en este día

que celebran los cristianos

a la Madre de María.

¿Si será acaso sueño....

tan funesta porfía, tanto empeño?,

pero no, ya estoy despierto

y temo al anuncio aunque sea incierto.

Selim

¡Señores!, ¡esto va malo!,

¡cierta tenemos la guerra

y quiero ponerme a salvo,

por mi buena calavera!

III Escena

Bajan del castillo el general, Selim, ayudante, con el guión- la pequeña- y alcaide, montan a caballo y escuchan la arenga del:

General Moro

¡Ea, animosos soldados,

en cuyo invencible aliento

vinculan mis esperanzas

coronarse de trofeos!

Famosa empresa os prometo

y pidamos con anhelo

a Alá, nuestro soberano,

favorezca nuestro intento,

para eternizar laureles

contra inclemencias del tiempo.

Sin duda que ya es presagio,

de prodigiosos efectos,

en tan corta duración,

tan extraños movimientos,

que si antes me admirasteis,

nieve helada, hombre yerto,

a todo riesgo me incita

el Etna que oprime el pecho,

con que anima a los cobardes

a superiores proyectos.

Nuestros invictos alfanjes,

cuantas veces se esgrimieron,

tintos de sangre cristiana

el rojo carmín vistieron;

luego debéis, con razón,

confiar en nuestro esfuerzo.

¡Atención!, que del ardid

suele salir el acierto,

de vencer en la batalla,

eliminando los riesgos;

porque exponerse al peligro,

no es de capitanes diestros,

cuando hay medios cautelosos

que afirma el entendimiento.

En esa hermosa Ventilla,

dulce mansión de jilgueros,

teatro de su hermosura

y anuncio de tristes ecos,

hemos de ocultarnos todos,

entregados al silencio

que, por aquel caminillo,

que atraviesa el arroyuelo,

transitan muchos cristianos

que, exaltados por mi esfuerzo,

formarán funestas piras

con ambiciosos deseos.

¡Seguid sin vacilación!,

¡deponed todos el miedo,

hasta ver al cristianillo

moribundo por el suelo!;

¡y sea la Ventilla, un lago,

de sangre de nazarenos!

IV Escena

Se van y se supone que en el campo son derrotados, (MUSICA) por lo que a poco vuelven al castillo. Poco después, se acerca a caballo el general cristiano, seguido del resto de los suyos, (rey, embajador y ayudante cristianos a caballo, éste último con el estandarte del Cristo; el resto, general del Ave María, vigía con el guiónla pequeña- y espía de infantería) y comienza a hablar:

General Cristiano

Me acerco en son de paz hacia esta plaza

para que entregues tropas y castillo,

y tú mismo te vengas prisionero,

sin mas vacilación, al campo mío

para postrarte ante los pies excelsos

de Fernando, señor de altos dominios.

Y para que no digas que sorprendo

tu valor y que estás desprevenido,

¡te lo aviso!: ¡apresta tus legiones,

mientras con los míos vuelvo a este sitio,

pues no quiero sorpresas que mancillen

de mi ejército fiel el puro brillo!

Apenas el sol, por el poniente,

al mundo oculte su refulgente disco,

en tu busca vendré, ¡ay de vosotros,

si no abrís las puertas de este castillo!

General Moro

¡Soberbio nazareno que provocas,

con frases jactanciosas al rey mío,

tu temerario y provocante arrojo,

pronto llorarás arrepentido!

General Cristiano

Si desoyes las razones

de paz, que te he brindado,

pronto serás degollado

por mis bizarros leones.

(Vuelto hacia el rey

cristiano y su gente.)

¡Cristianos!, ¡el agareno,

a muerte nos desafía!,

¡nuestro símbolo es María!,

¡nuestro Dios, el Nazareno!,

¡y pues que nuestra pujanza,

no han de poder resistir,

hagámosles sucumbir

y empiece ya la matanza!

Rey Cristiano

Insensato rey Boabdil,

cuán necia es la negación,

que con atrevido ardid,

de este castillo y la villa,

por nuestra antigua desdicha,

hiciste a mi embajador.

¿Creías que tus repulsas,

serían para mis soldados,

suponerse destrozados,

y les infundirían temor?

Es lo contrario, tirano,

¿tú no sabes que el privar,

es causa de animación

y que todo en este mundo

tiene su transformación?

El sol nace por levante

y después de recorrer,

la larguísima extensión

de la eclíptica aparente,

dándonos luz y calor,

se oculta por el poniente.

Marchita al prado el agosto,

y en variedad de fragancias,

le esmalta el abril de flores,

jardinero de sus plantas.

Nace el cristalino arroyo,

aborto de las montañas,

y allá descansa en la mar,

entre sus ondas saladas.

Muere en incendios el Fénix

y entre sus cenizas halla

nacimiento a nueva vida

prodigios de su desgracia.

Hasta en el morir hay dicha,

porque muriendo se acaban,

las demencias de la vida,

y contingencias del alma.

Nosotros también tuvimos,

hace horas la contraria,

causándonos el destierro

y perdiendo a nuestra Santa.

Y, en vista de todo esto,

a expulsarte de la villa,

vengo esta tarde dispuesto,

dando a tu funesta vida,

un justo renacimiento

si es que tu valor se humilla

a la Ley del Nazareno.

Rey Moro

Te estoy escuchando impaciente,

valeroso rey Fernando,

¿no acabas de convencerte,

habiéndoos ya derrotado

mis más aguerridas huestes?

Pues si presto no volvéis

a Castilla, ¡defenderse!

nos veréis, con gran valor,

de daros segura muerte.

Rey Cristiano

Son tan simples tus palabras,

que no puedes convencerme.

¡Salid, si queréis batalla,

que yo os invito a la muerte!

¡Salid, contra las espadas,

de mis soldados valientes,

que en honor de su Patrona,

de su Dios y de su patria,

cuando a todos os degüellen,

se llevarán a santa Ana!

Pero antes de pelear

y hacer que la sangre corra,

tanto del lado cristiano,

como por la parte mora,

yo te vuelvo a aconsejar,

que me rindas ese fuerte

y me entregues a la Santa,

con la villa y con su gente,

pues bien sabes que, en tu reino,

que está más que dividido,

unos sólo desean paz

y otros ya no están contigo.

Alabeces y Gazules,

Aldoradines y Azarques,

que aspiran a ser cristianos,

conservando su lenguaje,

no quieren ver a su patria,

destruida y saqueada,

sin banderas ni estandartes,

ni cuanto les diera fama.

Y en lugar de vida esclava,

en mis reinos de Castilla,

pretenden vivir en casa,

cuidando de sus familias.

Si a mi bondad soberana,

con tus soldados, te acoges,

te prometo libertad

y estas nobles condiciones:

aquellos de tus soldados,

que al África pretendan ir,

podrán marcharse a su gusto,

nadie se lo va a impedir.

Si en las tierras de Molvízar,

es su voluntad quedar,

señores de sus haciendas,

libremente vivirán;

los hábitos que ahora visten,

siempre los podrán llevar

y, hasta en la lengua que hoy hablan,

si quieren, se expresarán.

Y pues en tu mano está,

aceptar o decir: no,

a cuanto, en mis condiciones,

me ha dictado el corazón,

decide tú, rey Boabdil,

qué es lo que más te conviene,

porque el tiempo nos apremia

y otros casos nos requieren.

Rey Moro

Generoso rey Fernando:

aunque sin estar vencido,

que las armas no han luchado,

ni las banderas rendido,

ni mis tropas se marcharon,

ni quedé solo contigo,

no me puedo rebelar

contra mi negro destino.

Y pues sé que son verdad,

las razones que has expuesto,

fuera un loco desacierto,

nuestra guerra continuar.

Acepto para mis huestes,

la gran magnanimidad,

que encierran las condiciones,

que acabas de proclamar.

Que Alá premie tus favores,

para con mis nobles gentes

y así que siempre El te ayude,

en las empresas que alientes.

Sube, oh rey, a este castillo,

de tantas glorias testigo,

que también hoy lo será

del dolor de mi martirio.

Suben los cristianos al castillo

Y al entregarte a santa Ana,

vuestro inapreciable bien,

recibe, señor, las llaves,

de este molviceño edén.

V Escena

Al tiempo que el rey moro entrega las llaves, hace ademán de arrodillarse, pero lo impide el rey cristiano que le ayuda a levantarse y le abraza. Dirigiéndose al público:

Vosotros, hidalgo pueblo,

de las fiestas disfrutad,

y en el amor a la Santa,

ni un momento desmayad.

Y al recordar a los moros,

que a estos lugares llegaron,

tratando en lucha ardorosa,

de conquistar nuevos lauros,

perdonadlos; si lo hicieron

culpa fue de los amores

a este pueblo y a estos campos,

la patria de sus mayores.

Y porque la quieren tanto,

aunque es fuerza su partida,

gritan con sus corazones:

¡viva esta tierra bendita,

y que Alá proteja siempre,

a la villa de Molvízar!

9

Triunfo del Ave María


I Escena

En el muro del castillo se encuentra situado un cuadro de la Virgen María. Por su lado pasa un general moro.

General Moro

Antes que salga la aurora

coronada de jacintos,

quiero, como general

y como cauto caudillo,

recorrer mis centinelas

por ver si se han dormido;

que el general que no vela

al frente de su enemigo,

bien puede ser arrogante,

valeroso y entendido,

mas yo nunca adoptaré

tal práctica en mis designios.

Hoy que celebra el cristiano

con fiestas y regocijos

a la que dicen Abuela,

del que llaman Dios Divino,

Aquel profeta de Alá

que dicen fue Jesucristo,

he de llegar, por si tiene

aqueste fuerte castillo

algún cristiano valiente

que quiera pelear conmigo;

y si no su general,

pues que le toca a su brío

el salir a la batalla;

y si humillarle consigo,

reprimiré su orgullo,

y haré que su regocijo

se torne en un gran pesar,

porque es grande desatino,

el que a mi vista estén

en fiestas tan divertidos.

De coraje estoy que ardo

y de mi cuchilla el filo

está rabiando por darle

muerte a cuantos atrevidos

se opusieran a mi brazo,

pues soy león vengativo

que despedazo en mis manos

cuantos me hayan ofendido.

El general moro descubre el cuadro de

la Virgen y queda muy sorprendido.

Mas, cielos, ¡qué es lo que veo!

¡confuso estoy y aturdido!

¿quién el atrevido fue

que con tan osado brío

se atrevió a poner aquí

esta Imagen o este hechizo,

a quien los cristianos llaman

María, Madre de Cristo?

O no soy quien ser solía

o es encanto lo que miro.

¿No soy aquél de quien tiemblan

los héroes más aguerridos?

Los muros, ¿no se estremecen

cuando miran sorprendidos

que enarbolo mis banderas?

Y los brutos abatidos

en haciendo yo un amago

¿no se quedan aturdidos?

¿Y no soy aquél también

que, en pechos de una leona

mamó la leche cruel,

a quien la muerte perdona

como hace el rayo al laurel?

Pues, he aquí de mi furor:

¿cómo el cristiano atrevido

no tiembla al ver que yo

me publico su enemigo?

He de llamar por si sale,

porque estoy muy ofendido,

y hasta que beba la sangre

de ese cristiano atrevido,

no he de quedar satisfecho.

(Llama gritando al castillo)

¡Ah de este fuerte castillo!

salid cuantos estéis dentro

que a todos os desafío.

Salid si queréis batalla

y si no, dejad el sitio

y huid, que os busca un león

en volcanes encendido.

Y pues tuvisteis valor

en andar tan atrevidos,

de fijar en mis reales

Ésta, a quien culto no rindo,

no temer para salir

a la batalla conmigo.

Y si no queréis salir,

en este retrato mismo

que en tanta estima tenéis

heme de vengar altivo,

convirtiéndolo en pedazos,

de coraje, enfurecido.

Se va con ademán agresivo hacia la pintura. Se detiene al escuchar al:

General Cristiano

¡Detente, bárbaro impío!

que si te sufrí el valor

de llegar tan atrevido

a desafiar a cuantos

defienden la Ley de Cristo,

ya no puedo sufrir más,

por tan horrendo designio.

Porque en tocando a María,

en pureza, claro armiño;

aquella Virgen sin mancha,

aquel raudal cristalino,

aquella Suprema Reina

de los ángeles divinos,

a quién suplico me ampare

para que siendo cuchillo

de cuantos turcos infieles

ultrajan su Ser divino,

y de su gracia suprema

mi fuerte brazo asistido,

despedace a cuantos niegan

la Ley de su Santo Hijo.

Y ya, cansado de verte

tan soberbio y tan altivo,

vengo a que sepas, tirano,

que habrá quien te dé castigo

por tus bárbaras razones

y tu mal fundado estilo.

Y pues que tanto blasonas

de valiente y atrevido,

saca ese brillante acero,

saca ese cortante filo,

y verás en breve tiempo

del más humilde caudillo

que tiene la cristiandad,

si sabe cortar los filos

de tu vencedora espada.

Ea, africano atrevido,

apercíbete a batalla.

Desenvainan sus espadas.

General Moro

Ya, cristiano me apresuro,

y te responderá ahora

esta fuerte cimitarra, (luchan)

este campeón de Mahoma,

aquesta fiera de Alá,

aquesta limpia tizona,

que te abraza a maravilla,

castigando tu arrogancia

con esta corva cuchilla.

General Cristiano

Habla menos y obra más,

que me enojan tus razones.

General Moro

Hablar y obrar, porque soy,

un rayo en las ocasiones.

(El general moro sufre un traspiés

y queda a merced de su enemigo.)

Más, ¡ay de mi!, que la tierra

que pisaba me ha fallado.

General Cristiano

Ya estás vencido, tirano,

y castigada tu infamia,

y si a Dios no te conviertes

ni de tu secta te apartas

te he de cortar la cabeza;

y en la punta de mi espada

la he de llevar por bandera

como triunfo de mi hazaña.

Ea, moro, a Dios confiesa

y a su Madre Soberana.

General Moro

¡Oh, valeroso cristiano!

detén tu valiente espada

y ayúdame a levantar,

que ya vencido en batalla

si me vence el argumento,

te prometo mi palabra

de recibir el bautismo,

confesar de Dios el Nombre

y a su Madre Soberana.

General Cristiano

Pues, con aquesta promesa

levanta, moro, levanta.

(Le ayuda a levantar)

Pronto la dificultad

por mi quedará explicada,

que confiado en la gracia

de María, he de vencerte;

y aunque el estilo me falta

que dá la filosofía

para casos de importancia,

como lo es el presente,

pues siendo norte de mi alma

María, en mis empresas

espero victorias largas.

General Moro

Digo que no puede ser,

que de una doncella intacta,

naciera ese Dios y Hombre

quedando Ella Inmaculada.

Esta es la dificultad

que me confunde y me pasma:

¡parir y quedar doncella

parece cosa de fábula!

General Cristiano

No tienes que poner duda,

que en Ésta no cupo mancha.

¿No has visto, tú, en el cristal,

allá en tus falsos ritos,

cómo el sol hermoso entra

y pasa sin romper vidrios?

Pues así entró el Sol Divino

de Jesucristo en María,

quedando aquél Cristal fino,

de pulcritud tan perfecto,

cual era el Recién Nacido;

porque usando el Sumo Bien

de su poder infinito

y sutilidad, salió

de aquél Cristal tan divino

de María, sin que hubiese

de menester, el Altísimo,

romper los bellos raudales

de aquél Cristal puro y limpio.

La virginidad dejando

aquél seno tan purísimo,

tan intacto como el cielo,

que en sus secretos divinos

no se pueden penetrar

misterios tan distinguidos.

Con esto queda explicado,

confiesa el nombre de Cristo,

deja esas herejías,

recibe el santo bautismo

y me tendrás a tu lado,

como el más leal amigo.

General Moro

Basta, valiente cristiano,

que dos veces me has vencido,

ahora con el argumento,

antes con tu acero limpio.

Llévame antes que mi gente

te sienta, que apercibidos

están por si me ofendes.

Yo reconozco ya a Cristo:

llévame pronto cristiano

donde reciba el bautismo,

que cada instante que pasa

a mí me parece un siglo.

(Dirigiéndose al cuadro)

Y a Vos, sagrada María,

humilde perdón os pido

de la ceguedad en que

en este mundo he vivido;

y confesando la fe:

¡viva Cristo!, ¡viva Cristo!

General Cristiano

Para luego bautizarte

todo estará prevenido,

y pues profesas la fe,

abrázame, buen amigo.

(Se abrazan)

Luz y gloria de paganos

serás un nuevo caudillo,

gloria de la cristiandad

y gran defensor de Cristo.

(Dirigiéndose al cuadro)

Y a Vos, sagrada María,

gloria del cielo empíreo,

ya que con tu sacra ayuda,

este moro he convertido

a que profese la Ley

de tu Soberano Hijo,

sólo tuya es la victoria

mas siguiendo en tu servicio,

pido que me des auxilio

para que convertir pueda

a la Ley de Jesucristo,

más moros que tiene el mar

granos de arena en su abismo.

Así lo espero, Señora,

de vuestro poder divino,

que, asistido por la gracia,

siempre iré por buen camino,

y temblarán de mi brazo

el turco, hereje y judío.

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«Hasta el año que viene, si la Patrona lo permite»